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EE.UU. lanza operación en Venezuela: captura a Maduro y Caracas acusa un secuestro político

  • Mundo
  • March 7, 2026
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El presidente de Estados Unidos había lanzado una advertencia que resonó con fuerza en Venezuela: los días de Nicolás Maduro en el poder, según sus palabras, “estaban contados”. Horas después, la tensión escaló a un punto sin retorno. En la madrugada del sábado, explosiones sacudieron varios puntos de Caracas, mientras el gobierno estadounidense confirmaba una operación militar sin precedentes en el país sudamericano. El objetivo, según el anuncio oficial, era la captura del mandatario venezolano y su esposa, Cilia Flores, quienes fueron trasladados fuera del territorio nacional con destino a Estados Unidos.

La noticia desató el caos en las calles. Vecinos de distintos barrios de la capital salieron apresurados de sus hogares, algunos con solo lo puesto, mientras el eco de los estallidos se extendía por la ciudad. Testigos describieron escenas de confusión y temor, con personas buscando refugio o intentando comunicarse con familiares en medio de la incertidumbre. Las imágenes, captadas por celulares y difundidas en redes sociales, mostraban columnas de humo elevándose en zonas residenciales y cercanas a instalaciones militares.

Desde Caracas, la respuesta no se hizo esperar. El fiscal general, Tarek William Saab, calificó la operación como un “secuestro” y responsabilizó directamente al gobierno de Estados Unidos por la integridad física de Maduro. En un mensaje transmitido por el canal estatal Venezolana de Televisión, Saab hizo un llamado urgente a la población: “Salgamos a las calles a exigir no solo la fe de vida de nuestro presidente, sino el cese inmediato de este acto criminal”. Sus palabras reflejaban la indignación de un gobierno que, hasta ese momento, había negado cualquier posibilidad de que Maduro abandonara el país por la fuerza.

La escalada de tensiones entre ambos países no era nueva. Solo días antes, el presidente estadounidense había acusado a Maduro de encabezar una red de narcotráfico, un señalamiento que Caracas desestimó como una excusa para justificar una intervención militar. Según el gobierno venezolano, Washington buscaba derrocar al chavismo para apoderarse de las reservas petroleras del país, las más grandes del mundo. La retórica belicosa se había intensificado en las últimas semanas, con el despliegue de una flota estadounidense en el Caribe y declaraciones que dejaban poco espacio para el diálogo.

Mientras tanto, en Nueva York, la llegada de Maduro en helicóptero marcó el inicio de un proceso judicial que prometía ser uno de los más mediáticos de los últimos años. Aunque las autoridades estadounidenses no habían revelado detalles sobre los cargos específicos, las acusaciones previas de narcotráfico y corrupción daban pistas sobre el rumbo que tomaría el caso. En Venezuela, la reacción oficial fue de condena unánime. Funcionarios públicos, miembros de las fuerzas armadas y empresarios vinculados al gobierno anunciaron medidas de “resistencia” ante lo que consideraban una agresión directa a la soberanía nacional.

El escenario político en la región se complicaba aún más. Gobiernos aliados de Maduro, como los de Cuba, Nicaragua y Bolivia, expresaron su rechazo a la operación, mientras que otros países, como Ecuador, mantuvieron un perfil más cauteloso. La comunidad internacional observaba con atención, dividida entre quienes veían en la captura de Maduro un paso hacia la restauración de la democracia en Venezuela y quienes la interpretaban como una violación flagrante del derecho internacional.

En las calles de Caracas, la confusión inicial dio paso a una mezcla de indignación y resignación. Para muchos, la captura de Maduro representaba el colapso definitivo de un sistema que, pese a sus críticas, había sido el único que habían conocido en décadas. Otros, en cambio, veían en este episodio la oportunidad de un cambio largamente esperado. Lo cierto es que, más allá de las posturas políticas, la operación dejaba al descubierto la fragilidad de un país sumido en una crisis económica y social sin precedentes, donde la intervención extranjera solo parecía profundizar las heridas de una nación ya fracturada.

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